(De la razón de mi suicidio)
No pensaba, el alcohol sólo me hacía reír sin pensar; sí, estaba alcoholizado, había tomado más de un vaso de lo normal. Estaba cansado, no sabía si dormir o seguir riendo.
Me acuerdo que estaba entre el pasto y las hojas, estaba tirado al lado de ella… creo. Quizá le dije lo que me rehusaba a admitir hace días, quizá no… no lo recuerdo muy bien.
El asunto es que agarré una bicicleta que estaba en la entrada y pedaleé sin parar, ¿Subí un cerro? No sé, lo que sí sé es que ella me siguió y no me di cuenta.
Cuando la vi quise besarla, pero no me atreví; es que en estos días cuando a uno le dan ganas de suicidarse se pregunta para qué hacer las cosas. Y ese fue mi error: pensé, dejé de reír y me puse a pensar; y de paso, me caí. Choque con una piedra y me caí, y lo peor es que la boté a ella.
Y nos quedamos ambos en el suelo tirados, nos quejábamos, me dolió; es verdad que las cosas duelen más cuando sigues cayendo sin tener la energía suficiente para detenerte y parar.
No es que haya querido hacerlo, sólo sucedió, incluso ahora le sigo echando la culpa al alcohol. O sea no me suicidé, me suicidaron (¿me asesinaron?).
Lo peor de todo es que perdí mis manos y no las encontré… lo reconozco, fui un imbécil.
Ahora lo pienso y si me dieran la oportunidad una vez más no lo volvería a hacer. Creo que lo pensaría dos veces, quizá no vuelva a tomar, quizá no vuelva amar.
Sí, porque aunque no lo creía el amor también mata, te divierte, te da armonía, paz, alegría, felicidad, angustia, inquietudes, tristezas, dolor, y te mata.
Te pone tan al borde del precipicio que el más mínimo de los roces te hace caer… y caí… caí con una bicicleta a cuestas; y todo por un maldito beso, un maldito beso que no me quiso dar, un maldito beso que no le quise robar.
Perdón, pero escogí seguir muriendo a estar vivo sin mis manos.
Atte. Su hijo que los ama.
PD: Mamá te paso a ver mañana.
No pensaba, el alcohol sólo me hacía reír sin pensar; sí, estaba alcoholizado, había tomado más de un vaso de lo normal. Estaba cansado, no sabía si dormir o seguir riendo.
Me acuerdo que estaba entre el pasto y las hojas, estaba tirado al lado de ella… creo. Quizá le dije lo que me rehusaba a admitir hace días, quizá no… no lo recuerdo muy bien.
El asunto es que agarré una bicicleta que estaba en la entrada y pedaleé sin parar, ¿Subí un cerro? No sé, lo que sí sé es que ella me siguió y no me di cuenta.
Cuando la vi quise besarla, pero no me atreví; es que en estos días cuando a uno le dan ganas de suicidarse se pregunta para qué hacer las cosas. Y ese fue mi error: pensé, dejé de reír y me puse a pensar; y de paso, me caí. Choque con una piedra y me caí, y lo peor es que la boté a ella.
Y nos quedamos ambos en el suelo tirados, nos quejábamos, me dolió; es verdad que las cosas duelen más cuando sigues cayendo sin tener la energía suficiente para detenerte y parar.
No es que haya querido hacerlo, sólo sucedió, incluso ahora le sigo echando la culpa al alcohol. O sea no me suicidé, me suicidaron (¿me asesinaron?).
Lo peor de todo es que perdí mis manos y no las encontré… lo reconozco, fui un imbécil.
Ahora lo pienso y si me dieran la oportunidad una vez más no lo volvería a hacer. Creo que lo pensaría dos veces, quizá no vuelva a tomar, quizá no vuelva amar.
Sí, porque aunque no lo creía el amor también mata, te divierte, te da armonía, paz, alegría, felicidad, angustia, inquietudes, tristezas, dolor, y te mata.
Te pone tan al borde del precipicio que el más mínimo de los roces te hace caer… y caí… caí con una bicicleta a cuestas; y todo por un maldito beso, un maldito beso que no me quiso dar, un maldito beso que no le quise robar.
Perdón, pero escogí seguir muriendo a estar vivo sin mis manos.
Atte. Su hijo que los ama.
PD: Mamá te paso a ver mañana.